AVISOS
Avisa antes que nadie.
Cada estado tiene su tiempo, y si se pasa, avisa a quien toque.
Cada estado lleva sus minutos: pasados tantos, el servicio se pone en
ámbar; pasados tantos más, en rojo; y si se quiere, suena. Lo fija cada
empresa estado por estado, y puede además avisar a la compañía o al
asegurado sin que nadie escriba nada.
Aparte están las alarmas de la flota: una grúa que lleva demasiado tiempo
sin dar señal, un servicio que se demora, un chofer que rechaza, un
servicio nuevo que entra. Cada una con su umbral y con la decisión de si
además llega por correo.
Y el altavoz calla la bocina sin congelar la pantalla:
los contadores siguen corriendo y las tarjetas siguen cambiando de
color.
El asegurado no tiene que llamar para saber
Diez momentos del servicio pueden avisar a la persona que espera en la
carretera: cuando se le asigna una grúa, cuando el operario sale, cuando
llega, cuando se lleva el vehículo, cuando lo entrega, cuando algo se
retrasa o cuando la grúa que necesita está terminando otro servicio, con
la hora a la que se calcula que llegará. Cada uno se enciende por separado y se elige por dónde sale
—correo, mensaje al móvil o una llamada de voz que se lo cuenta— y con
qué palabras, porque el texto lo escribe cada empresa. Los que salen por
escrito pueden llevar el enlace para seguir el servicio desde el móvil.
Ninguno viene encendido. Una empresa que no quiera avisar al asegurado no
tiene que apagar nada, y la que quiera enciende solo los momentos que le
interesan. Un aviso no sale dos veces por el mismo servicio aunque el
estado vaya y venga.
Que el aviso se note, aunque no estés mirando
Un aviso que aparece en una pantalla que nadie tiene delante no ha avisado
de nada. Por eso cada aviso lleva dicho cómo quiere llamar la atención, y
se combinan: suena, hace parpadear la pestaña
para que se vea desde otra, saca el aviso del sistema que
se ve aunque el navegador esté detrás de otro programa, y los más urgentes
dejan una tarjeta que no se va sola hasta que alguien la
cierra.
Lo que no hace es interrumpir con una ventana que haya que contestar: un
aviso informa, y lo que exige una respuesta es otra cosa. Un mensaje de un
chofer sí la pide, y por eso abre su ventana en cualquier pantalla: salen
todos los que esperan, por orden de llegada, y se contestan desde ahí. El
mismo aviso no se repite a los pocos segundos, el altavoz los calla todos
y el botón de no molestar hace que nada salga por sí solo
en ninguna pantalla —ni la ventana de los mensajes, ni las tarjetas, ni el
aviso del sistema—, aunque todo siga sonando.
Y cómo va todo, de un vistazo
Las estadísticas reúnen en una sola pantalla cómo va el servicio: cuánto
tarda la grúa en llegar, repartido en tramos —menos de 30 minutos, de 30 a
45, de 45 a 60 y más—, frente a lo que se exige en cada uno, con un reloj
por tramo que dice si se cumple. Al lado, los servicios que entran cada
hora comparados con otros dos días, cuándo entra el trabajo a lo largo de
la semana, los de cada día frente a los de hace un año, y lo que hace cada
operario y cada compañía.
Los tramos y lo que se exige en cada uno los fija cada empresa, y todo se
mira por periodo y por compañía, comparado con el mismo periodo del año
anterior.